Reseña | Pablo Sandoval López. Ficciones de la antropología peruana. De indios, campesinos y cholos. Lima: Fondo Editorial UNMSM, 2024.

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Por Luis Leyva (PUCP / UNQ)

Hoy en día, el desarrollo de políticas públicas está impregnado del lenguaje político de la economía, ciencia social legitimada a partir de su supuesta objetividad por medio de datos cuantificables. Los medios de comunicación suelen invitar a economistas para exponer su diagnóstico del país utilizando conceptos como crecimiento, desarrollo o rentabilidad, presentando esta forma de ver el mundo como el único posible. “Dato mata relato”, podría decirse, en desmedro de otras disciplinas sociales que también buscan influir en el espacio público y la discusión política. Sin embargo, este giro económico es, más bien, reciente, pues, durante la segunda mitad del siglo XX, fue otra ciencia social -la antropología- la legitimada para analizar la situación del país y proponer soluciones, especialmente frente a lo que se denominó el problema indígena. ¿Cómo se desarrolló la antropología como disciplina académica a lo largo del siglo XX? Este es el tema del libro de Pablo Sandoval López, Ficciones de la antropología peruana. De indios, campesinos y cholos (Lima: Fondo Editorial UNMSM, 2024).

La idea central del libro es que la historia de la antropología en el Perú debe entenderse no solo a partir de procesos locales, sino en relación con una serie de fenómenos globales, así como su relación con el Estado que acompañaron su desarrollo como ciencia social durante el siglo XX. Los actores que participaron en la creación y construcción de esta disciplina académica tuvieron como preocupación central al indígena, y es en función de este «sujeto de estudio» sobre el cual desarrollarán una serie de diagnósticos sobre el país. Esta visión sobre los indios -realizada por parte de sujetos no-indígenas- se complejizará a partir de procesos sociales, económicos y políticos experimentados en el Perú a partir de la segunda mitad del siglo XX, evidenciándose en las discusiones académicas sobre su «sujeto de estudio». ¿Cómo nombrarlo apropiadamente: indio, campesino o cholo? ¿Qué implicancias histórico-políticas tiene cada una de estas categorías? ¿De qué manera los avances disciplinares del Norte Global impactaron en el modo de practicar antropología a lo largo del Perú? ¿Cómo explicar el auge y declive de la antropología en la discusión pública? Estas son algunas de las preguntas que se responden a lo largo de los cinco capítulos que componen este libro.

El libro parte de una constatación inicial: los discursos indigenistas se desarrollaron de distintas maneras en los países latinoamericanos producto de sus contextos históricos específicos y la manera en que los intelectuales indigenistas se posicionaron en relación con el Estado. Así, mientras en México la antropología se convierte en una ciencia política tecnocrática, en un saber de Estado que se articula con distintos proyectos de política pública con el fin de «mexicanizar al indígena» bajo del proyecto de mestizaje cultural, en Perú el indigenismo surge como un discurso en oposición al Estado oligárquico, tomando posturas más o menos radicales frente a la manera en que los sucesivos gobiernos abordaban el problema indígena. ¿Quiénes eran esos «indios»? La pregunta implicaba, en todos los casos, una oposición entre un Nosotros -criollo, urbano y letrado- y unos Otros -indígena, rural y analfabeto-; en ese sentido, las construcciones –ficciones las denomina el autor- realizadas sobre el indio en la primera mitad del siglo XX estaban basadas en esa visión externa y exotizante del indígena, sujeto al cual se le debía modernizar. A pesar de los cambios ocurridos al interior de la antropología, esta visión de mantuvo como una constante y es lo que explica, en última instancia, los límites de la disciplina en sus distintas etapas.

Un primer aspecto por resaltar del libro es el énfasis en la manera cómo las discusiones académicas sobre la antropología y sus distintas corrientes se adaptaron a las necesidades locales de los intelectuales que bebieron de ellas. Así, por ejemplo, durante la década de 1940, cuando América Latina -más específicamente, los Andes centrales- se vuelve un «área cultural» atractivo para estudiar por antropólogos norteamericanos, los discursos indigenistas radicales de Luis Valcárcel -por aquellos años inserto en el sector público- cambiarán de una perspectiva romántica a uno de corte más científico. En las décadas siguientes, el declive del culturalismo y el auge del marxismo y teoría de la dependencia marcarán una segunda etapa en el desarrollo de la disciplina, acompañada con sus propios temas y preguntas de investigación, los cuales, a su vez, se verán desbordados a partir de la década de 1980 con la aparición de un discurso antropológico de índole neoliberal. Por un lado, las razones de índole económico -alianzas estratégicas, fondos para investigación, oportunidades de trabajo en ONGs y organismos internacionales- permitieron la formación, capacitación y producción del conocimiento acerca de los indígenas, pero también comenzaron a establecer una jerarquía a propósito de qué tipo de saber era el legítimo para comprender al indio. Para Sandoval, estas diferencias se ahondarán a medida que los primeros centros de estudio comiencen a formar a los primeros antropólogos peruanos, marcando una primera diferencia entre «modernos» y «artesanos», así como a medida que algunos de ellos comiencen a acumular mayores recursos y capitales frente a otros, profundizando una segunda distancia entre «cosmopolitas» y «provincianos». Sobre este último aspecto, destaca el análisis específico realizado por el autor acerca de los intelectuales antropólogos de Sendero Luminoso en Ayacucho, elaborando una síntesis entre conocimiento antropológico y maoísmo revolucionario. De este modo, el desarrollo de la antropología en el Perú se vio influenciado por los modos de producción y circulación del conocimiento desde el Norte Global, los cuales afectaron la práctica misma de la disciplina, estableciendo centros y periferias en el campo intelectual peruano.

Por otro lado, a lo largo del libro se destaca la vocación de la antropología como una ciencia social pública. Los temas y problemas de investigación abordados en las distintas producciones académicas tenían una finalidad específica:  ahondar en el conocimiento de las sociedades indígenas para elaborar políticas públicas que contribuyan a los procesos de modernización y desarrollo. La antropología culturalista era, en ese sentido, útil para esos fines, pues se preguntaba cuáles eran los rasgos del «mundo andino» que pervivían en sociedades tradicionales que, sin embargo, comenzaban a transitar, con mayor fuerza desde mediados del siglo XX, una serie de cambios producto de la penetración de dinámicas capitalistas en su vida cotidiana. La crítica a ese esencialismo acerca de «lo indígena» vino acompañado, entre las décadas de 1950 y 1970, por perspectivas marxistas y dependentistas que miraron ya no al indio, sino al «campesino» que, movilizado en sus luchas por la tierra, expresaba que el énfasis del estudio antropológico no pasaba tanto por el análisis cultural, sino más bien económico y de clase. Resulta importante ubicar, dentro de este contexto, la producción del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y las investigaciones desarrolladas en esta línea durante los años del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (GRFA), que buscaban organizar la movilización social y campesina a partir de organismos como SINAMOS o la Confederación Nacional Agraria. A la vez que ocurrían estos procesos, también se ponía en marcha otro proceso paralelo: las migraciones del campo a la ciudad y el surgimiento de los «cholos», aquellos migrantes e hijos de migrantes que se adaptaron al mundo urbano y a dinámicas capitalistas sin abandonar del todo sus prácticas tradicionales. Durante la década de 1980, el análisis de estos procesos de cambio en la composición social de las grandes ciudades implicó no solo un nuevo giro con respecto al sujeto de estudio, sino también el análisis urgente de la situación coyuntural que atravesaba el país a raíz del surgimiento de Sendero Luminoso. ¿Cómo explicar la violencia producida por este grupo armado? ¿De qué manera la antropología y las ciencias sociales podrían contribuir con el debate público? La presencia de antropólogos y otros científicos sociales -tanto de derecha como izquierda- en el espacio público se hizo notar con mayor fuerza ante la situación de crisis que vivía el país y la necesidad de explicar este nuevo Perú post-oligárquico, ya sea en la prensa, think tanks privados o en la -tristemente célebre- Comisión Vargas Llosa que elaboró el informe sobre la masacre en Uchuraccay (1983). A finales de esa década, la crisis de la izquierda peruano significó también el fracaso de su proyecto de país; el relato dominante pasó a ser el que venía acompañado del lenguaje económico y tecnocrático que, hasta el día de hoy, impera en el país.

A través de este recorrido histórico, Ficciones de la antropología peruana consigue explicar la relación entre el saber disciplinario y el poder en el Perú. Los distintos momentos -disciplinar, político y mediático- por los que transitó la antropología deben entenderse en paralelo con las dinámicas de producción y circulación global del conocimiento, así como con las oportunidades que se abrieron en contextos específicos en el Perú del siglo XX. Las ficciones formuladas por los antropólogos acerca de su sujeto de estudio -indio, campesino o cholo- implicó una visión de ese Otro desde una mirada externa y exotizante, un sujeto cargado de expectativas sobre el cual los intelectuales -modernos o artesanos, cosmopolitas o provincianos- elaboraron distintos proyectos de país.

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