Reseña | Carlos Aguirre y William Fisher. Vigilar, castigar e imprimir. La producción de libros en la penitenciaría de Lima (1907-1961). Lima: Reino de Almagro, 2025.

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Por Luis Leyva (PUCP – UNQ)

Cuando uno piensa en obras como El caballero Carmelo de Abraham Valdelomar, o Trilce de César Vallejo, se suele pasar por alto un detalle importante: la elaboración de estos libros fue realizada no en una imprenta corriente, sino en la penitenciaría de Lima. Estudiada principalmente como un espacio de reclusión y disciplinamiento social, el libro de Carlos Aguirre y William Fisher, Vigilar, castigar e imprimir. La producción de libros en la penitenciaría de Lima (1907-1961) (Lima: Reino de Almagro, 2025) aborda este espacio desde una perspectiva poco explorada: su rol dentro del campo cultural, editorial y literario en el Perú de principios del siglo XX. Así, este libro se pregunta acerca de cómo funcionaba la imprenta de la penitenciaría de Lima, qué libros produjo y cómo se relacionaron estos trabajadores del libro con los artefactos que producían.

Dentro de los estudios acerca de la historia del libro y la edición, el estudio de la cultura material es uno de los tantos aspectos desde donde se puede analizar la producción del artefacto cultural que denominamos libro. La propuesta de Robert Darnton acerca del circuito de comunicaciones del libro toma en cuenta la producción material como uno más dentro de otras instancias que, para el caso peruano, han sido estudiados con mayor detalle, como lo son la circulación o la lectura. En ese sentido, resulta importante volver al aspecto material del libro, puesto que, a través de una mirada aguda a sus características, es posible detectar algunos indicios que permiten adentrarnos en la compleja historia de la producción de cada uno de ellos, contribuyendo también a una historia de la imprenta donde fueron elaborados, así como de los personajes (muchas veces anónimos) que participaron en este proceso. En ese sentido, la propuesta de Aguirre y Fisher de estudiar la penitenciaría de Lima como un espacio social donde también se produjeron libros resulta importante, puesto que permite conocer no solo conocer los entretelones de cada uno de los libros publicados en este espacio, sino también recuperar -hasta donde es posible- la agencia de quienes intervinieron en su elaboración. De este modo, los reclusos dejan de ser personajes marginales para formar parte activa dentro del circuito del libro, siendo “obreros del pensamiento” que, desde la penitenciaría de Lima, contribuyeron al auge de la cultura literaria a inicios del siglo XX.

Si bien la obra de Aguirre y Fisher aborda la historia de la imprenta de la penitenciaría de Lima entre 1907 y 1961, en realidad este resulta ser solo el punto de partida para analizar el campo editorial peruano a inicios del siglo XX. El ciclo de auge y decadencia de este espacio de producción de libros estuvo relacionado con los cambios sociales, económicos y culturales ocurridos hacia la década de 1920. Inicialmente concebida como un espacio más para el trabajo de los reclusos, pronto se convirtió en una imprenta reconocida por la calidad de sus productos, así como por ser el lugar donde se produjeron importantísimas obras de nuestra literatura nacional de inicios del siglo XX, siendo Abraham Valdelomar y César Vallejo tan solo algunos de los autores que mandaron allí sus obras para ser impresas. ¿Por qué estos y otros autores -como José María Eguren- decidieron publicar algunas de sus obras más emblemáticas allí y no en otra imprenta? Para los autores, el aspecto económico no resulta suficiente, dado que la cotización en la penitenciaría no era tan diferente del de otras imprentas. La explicación radicaría, sostienen, en otros tres aspectos: primero, la reputación ganada por este espacio como imprenta de producción de libros de alta calidad; segundo, las conexiones que algunos autores tenían con la penitenciaría; tercero, la posibilidad del autor de participar directamente en el proceso de producción del libro. El personaje de Abraham Valdelomar –“el primero de los escritores peruanos”, según Alberto Hidalgo- resulta central en este libro, pues es a partir de sus conexiones familiares -su padre fue director de la penitenciaría- e intelectuales con otros miembros de la intelectualidad peruana que es posible reconstruir aspectos cruciales en la “biografía” de algunos de los libros más importantes producidos entre las décadas de 1910 y 1930.

Otro aspecto por considerar es la introducción de nuevas formas de elaborar este artefacto implicó también un reaprendizaje por parte de los reclusos de la penitenciaría de Lima, quienes fueron especializándose en el trabajo editorial. La novedad técnica que supuso el linotipo en la producción de libros, las solicitudes particulares que determinados autores indicaron con respecto a las características de sus obras, y las distintas versiones impresas de estos -con sus respectivos errores eventuales de forma y fondo- dan cuenta de este proceso de constante aprendizaje por parte de estos sujetos con respecto al artefacto libro. Al mismo tiempo, su contacto permanente con publicaciones inéditas les permitió familiarizarse con las novedades editoriales cuya elaboración era solicitada a dicha imprenta, llegando a interiorizar algunos de sus contenidos. En ese sentido, Aguirre y Fisher invitan a pensar la penitenciaría de Lima no solo como un espacio de producción de libros, sino también como un espacio de lectura y apropiación de sus contenidos. Así, la historia de los reclusos no solo está marcada por una cuestión social y criminalística, sino también por un aspecto económico (la especialización en el trabajo editorial y la necesidad de ganar dinero), intelectual (la lectura, discusión y aprendizaje del contenido de los libros) y político (la apropiación de las lecturas para el reclamo de sus derechos y mejores condiciones). Si todo libro es, en alguna medida, político, esta obra rescata también la importancia del aspecto técnico y material en el desarrollo de una conciencia política por parte de los reclusos a partir de su interacción con el artefacto libro en determinada etapa de su circuito.

Un último aspecto por destacar del libro tiene que ver con el lugar de la imprenta de la penitenciaría de Lima dentro de la historia editorial peruana. El declive de su producción editorial tuvo que ver, según los autores, con el surgimiento de nuevas imprentas independientes y la consolidación de la figura del impresor-editor hacia la década de 1920. Como se mencionó anteriormente, la diseminación de novedades tecnológicas y el abaratamiento de los costos para la elaboración de libros no explican por sí solo la caída en la producción editorial en la imprenta de la penitenciaría, sino que tiene que ver también con modificaciones en el campo editorial. José Carlos Mariátegui y la imprenta y editorial Minerva es uno de los tantos casos que ilustran este cambio en la manera de concebir el oficio editorial: ya no se trataba solo se imprimir las solicitudes que arribaban a la imprenta, sino también de pensar en un catálogo editorial propio, de elaborar colecciones editoriales que satisficieran nuevas necesidades de lectura al mismo tiempo que el negocio se mantuviese económicamente sostenible. El editor moderno que surgió fue, pues, una figura que se movía entre una faceta de gestor cultural y de empresario comercial; al mismo tiempo, las redes de sociabilidad intelectual que iría formando le permitirían ir atrayendo potenciales autores para la elaboración de su propio catálogo editorial y, con ello, buscar intervenir en la agenda pública con mayor o menor éxito.

En definitiva, Vigilar, castigar e imprimir de Carlos Aguirre y William Fisher resulta una lectura fundamental para seguir profundizando en la historia del libro y la edición. La atención por los detalles técnicos de cada uno de los libros analizados permite comprender la importancia que estos artefactos tuvieron para estos presos-obreros que se relacionaron con ellos no solo de manera pasiva, sino también como agentes que los leían y se apropiaban de ellos. La historia de las imprentas peruanas encuentra en este libro un hito clave en la historiografía sobre el que futuras investigaciones deberán profundizar para poder reconstruir -tomando en cuenta a todos los agentes implicados en el circuito del libro- el complejo panorama del campo editorial peruano y transformaciones a lo largo del siglo XX.

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